martes, 29 de julio de 2008

Fidel


Pueblo costero chico. Marzo, quizá abril, del ’76. Los tres saben lo que se viene. Jorge vio las puertas marcadas con una cruz de tiza en el barrio del otro lado del río. Si no es hoy, es mañana. Hay que preparar todo. Primero los libros. “¿Adónde?”. “Allá, en el fondo del patio”. “¿Un pozo?”. “Sí, un pozo”. La biblioteca quedó casi vacía. Los papeles van a parar a una fogata improvisada en la bañadera. Otros, al inodoro.
-Esperá, hay un problema.
-¿Qué?
-¿Qué mierda hacemos con el perro?
-¿Qué tiene el perro?
-¿Cómo, qué tiene?
- …
-Fidel… Se llama Fidel.
-¿Y?
-¿Cómo, y? ¿Y si nos preguntan cómo se llama?
-Le decimos otro nombre.
-No, no, el perro no responde a otro nombre. Mirá, hagamos la prueba. ¡Fico! ¡Fico!... No sé, piensen otro nombre, no se rían como dos boludos.
- …
- No, en serio, muchachos, qué carajo hacemos.

Al día siguiente, tocaron la puerta. Entraron, revisaron, desordenaron, volvieron a revisar. Todo iba bien, hasta que el jefe del operativo llegó con sus botas al fondo del patio. Se paró frente al montículo e hizo un movimiento con la cabeza como diciendo: “¿Y esto?”.
-El perro…
-… murió hace unos días.

Cuando todo terminó, la puerta quedó marcada con la cruz de tiza.
Y todo siguió. Sin el perro y sin los libros.

jueves, 24 de julio de 2008

Catarsis III (final)

¿Qué mierda me importan las carteras de Cristina cuando lo que se está poniendo en juego es cómo se va a distribuir la renta en Argentina? Porque lo que se discutió estos días fue eso, no la chequera del gobierno. O qué te crees, que todos estos señores que se pusieron al frente de lock out patronal hicieron todo lo que hicieron por el hambre, la pobreza, los negros, los cabecitas. Estaban peleando por la renta, no querían dejar de ganar. ¿Adónde estaban estos señores cuando en los ’90 se remataban los campos de los pequeños y medianos productores que dicen hoy defender? ¿Adónde estaba cuando morían 50 pibes de hambre por día? Porque la cosa es simple: todos esos forros que salieron a cacelorear durante este conflicto no pudieron conmoverse ni con el show del hambre tucumano de 2002 de Canal 13, pero sí se indignaron porque a los señoritos del tractor les tocaban las ganancias. Con los negros, no, ellos son pobres porque quieren, no trabajan porque son vagos; pero estos gauchitos son muy parecidos a los míos, sobre todo porque tienen propiedad, en fin, somos de la misma estirpe. Jamás voy a estar de ese lado. Jamás voy a decir eso. Jamás voy a pensar eso. Qué me importa Moreno cuando está en juego eso. Algo tan simple como eso. Pero ya lo sabemos: la clase media porteña todavía se sigue preguntando porque el pibe que le pide una moneda en la calle lo mira así, con esa mirada extraviada de odio; todavía se preguntan por qué esos que marchan por las calles detrás de una bandera lo miran con ese resentimiento. “Yo qué les hice para que me miren así”. Eso se preguntan. Y los muy turros no encuentran respuestas.
Hace unos días mi hermana me recordó que una vez le dije que lo peor de este país es la clase media. Estos días me hacen corroborar esa frase. Somos la peor calaña, la peor mierda…

martes, 22 de julio de 2008

Catarsis II

No, señor, no, señora, no, joven de chomba lacoste, no hay matices, hoy no los hay, la calle nos separa. Vos en una vereda, con tu idea puritana de la política, con la conciencia limpia y la bandera –sin sangre ni barro– que sacas para el mundial; y yo, al frente, con la idea que la política es maquiavelo, es tener un muerto en el placard, es negociar, discutir, putear. Es odiar al que la quiere toda para él.
Sí, claro que sí, la política debe buscar el bien común. Pero en este país no hay bien común posible si hay personas que sólo ponen sus cacerolas al servicio de personas de su misma estirpe, que ningunean a los pobres, que jamás hicieron nada por ellos más que darle una bolsa de ropa a Caritas, que se conmueven con el pibito negro harapiento de la calle y lo miran y se dicen: “ay, me lo llevaría a mi casa” como si fuera un perro abandonado.
Esa es la cuestión. Porque a lo que no tenés derecho es a creer que el gobierno es una dictadura o una monarquía que hace y deshace a su antojo los destinos de nuestro país. Porque si algo no es este gobierno es hegemónico y autoritario. ¿Hace falta que te lo demuestre? La 125 fue derogada. A lo que no tenés derecho es a desconocer que lo que sucedió en los últimos cuatro meses fue una arremetida de los grandes grupos económicos ante una mínima intervención del Estado. Porque si la cabeza solo te da para dilucidar que el gobierno hizo lo que hizo para llenarse los bolsillos de plata o comprar intendentes, debo decirte que lo tuyo es muy básico, muy de jardín de infantes. Pero no te aflijas, si querés ser de derecha, estudiás un poquito y lo vas a entender. No es tan difícil. Ojo, pero ahí te vas a tener que hacer cargo del lugar desde donde decís las cosas. Claro, pero sospecho qué es lo que te pasa. Tenés miedo. No hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado. Porque cuando vas con tu banderita al acto de los patrones del campo, vas por eso, por el miedo que te da que el Estado te quiera retener algo: el mp3, la notebook, los metros cuadrados de tu depto en Recoleta, tu posibilidad de hacerte un viajecito al exterior, la oportunidad de evadir impuestos. No te engañes, no salís por la democracia, la democracia te importa un huevo, tanto como le importó a tus ancestros cercanos que seguramente aplaudieron el golpe y votaron a Menem. Es tan obvio.

lunes, 21 de julio de 2008

Catarsis I

¿Por qué tengo que soportar las palabras hirientes e ignorantes del viejo que se sienta al lado mío en el colectivo? ¿Qué complicidad sospecha en mí, un joven de 30 años que sólo quiere leer un libro, mientras llega a su trabajo? ¿Qué lo hace pensar que yo estoy de acuerdo con él, con su pensamiento reaccionario y fascista? Entonces, aclaro: “Yo estoy a favor de la política del gobierno”. Los ojos se sorprenden, no sabe bien qué decir, algo balbucea, pero no con el mismo valor que hace unos segundos. Yo lo miro. La cosa termina ahí. Sigo leyendo.

¿Por qué tengo que soportar que todos coreen en acaloradas discusiones los copetes de La Nación? ¿Por qué tengo que tolerar que si uno les dice que no, que lo que está diciendo no es así, y le da información, el otro contesta: “Pero yo tengo derecho a pensar distinto”? Sí, a pensar distinto sí, a lo que no tenés derecho es a repetir consignas racistas, a escudarte en el librepensamiento para juzgar a los que menos tienen cuando en tu puta vida te conmoviste por ellos ni por nada que sea algo que no se pueda comprar. Porque vos sí vendiste tu almita en los ’90 por la módica suma de poder comprar el lavarropas en cuotas, y ellos no puede ir a la plaza para asegurarse un mínimo sustento para sobrevivir. A eso no tenés derecho. Como tampoco lo tenés a reducir la política y el rumbo de este país a agresiones hacia la presidenta de la Nación. Ese contrerismo barato al que no se le cae una idea, que repite y repite las opiniones del oráculo Nelson Castro. A lo que no tenés derecho es a denigrar la política, a reducirla a la “chequera del gobierno”, a la “locura de esta mina”, a la “heroicidad de Cobos”, al “autoritarismo y la soberbia de la presidenta”. Pensá, lee, estudia, informate, porque si querés tomar partido hacelo con estilo, no con la burrada del sentido común, hacete cargo que querés ser de derecha. ¿Ah, no? ¿No querés ser de derecha? Ah, ¿sos progre? Entonces qué corno hacés defendiendo la renta de los patrones del campo. Ah, ¿no es sólo es eso? ¿te molesta el estilo del gobierno? ¿lo ves poco democrático? ¿te joden las carteritas de Cristina? ¿te enerva que griten mucho? Mirá vos, che. Qué mal que está el país, ¿no? A mí me parece que el peronismo te da urticaria. No podés tolerar que haya sido el hecho maldito de nuestro país burgués. No podés pensar la política como un lugar donde hay que enchastrarse. Como te molesta D’Elía, Moreno y Moyano, ¿no? Se te revuelven esas tripitas que no se cansan de tomar actimel todas las mañanas. Y, bue, seguí así, cuando ganen ellos qué vas a decir. Ah, ya sé: “Son todos iguales”. Y vas a volver a empezar, limpito, sin manchas, con esos aires de yotedijequeestoibaapasar, yotedijequeerantodoslamismamierda, yotedijeque, yotedije, yote, yo.

domingo, 20 de julio de 2008

El chat y Cobos


Chateo pre-Cobos
Ella dice:
Yo estoy con el campo, querido!!!
N. dice:
Yo estoy con el gobierno.
Ella dice:
Ay, sí, qué espanto!!!
N. dice:
¿Por qué es un espanto que yo apoye al gobierno y no que vos hagas lo mismo con el "campo"? A mí me parece bien que estés con el "campo". En ningún momento te descalifique por eso. Me parece un poco intolerante lo tuyo, ¿no?

Chateo post-Cobos
Ella dice:
Lo que pasó es raro, no grave.
N. dice:
Para mí, sí es grave
Ella dice:
N., no estamos en los ’70!!!
N. dice:
No necesito que nadie me diga en que año estamos. Para mí, lo que pasó es grave.

lunes, 23 de junio de 2008

Soviet de palier

Camino por Triunvirato, del subte a casa, hace frío. Levanto la cabeza y miro al frente, y veo, detrás de una puerta vidriada, el palier de un edificio nuevecito abarrotado de personas. Reunión de consorcio. El máximo nivel de organización colectiva a la que puede llegar la clase media porteña. De qué estarán hablando: de echar al portero, de lo mal que limpian los negritos que le baldean los pasillos y las escaleras, en los ruidos molestos de la línea 71, de lo bien que estuvieron cuando salieron a cacelorear todos juntitos.

*

Es recordada la anécdota que se vivió en la gran asamblea interbarrial que se llevaba a cabo en Parque Centenario en enero de 2002 después del estallido de diciembre. Una señora bien corregía a un joven cuadro de alguna organización que insistía con la palabra ‘compañeros’.
–No, yo no soy compañera, yo soy vecina.

*

Después de los sucesos del lunes 16 me atrevo a afirmar, sin ningún tapujo ni falso impulso irracional, que siento vergüenza de haber salido el 19 de diciembre de 2001 a acompañar a todos esos caceroleros. Vergüenza propia. Me cago en los vientos de la historia que esa puta noche me arrastraron hasta la peronista plaza de mayo. Y no es que obvie los contextos diferentes, pero el sólo hecho de pensarme al lado de los mismos del lunes pasado me da esa cosita que, día a día, va encontrando la palabra justa: odio.

sábado, 21 de junio de 2008

domingo, 15 de junio de 2008

Los pobres y la clase media (2º parte)

I.
Santa Fe y Callao. Atardecer frío. Una cincuentona le tira los pelos a otra. Le arrastra con furia la cabellera roja. Varias insultan. “¡Denle la espalda!”, proponen. La colorada se aleja.
–¿Qué pasó? –pregunta el cronista, recién llegado.
–Es paraguaya. Preguntó por qué cortábamos la calle. ¿Por qué no se va a Paraguay?, le dijimos –explica una mujer, vincha celeste y blanca.
II.
–El Gobierno quiere generar caos. Es autoritario. Hacen todo para reprimir y mandar a la gente en cana –cuenta un hombre de 40 años.
–Reprimieron –dispara el cronista.
–¡Claro! A De Angeli.
–¿Hubo heridos?
–No.
–¿Los golpearon?
–No. Subieron a 19 a un camión. Ya los liberaron.
Los hijos de los campesinos no vinieron. Edad promedio: medio siglo. Dos carteles: “Basta de odio, Cristina” y “Alí KK y sus 40 ladrones”.
“Son desastrosos. Les sacan la plata a los campesinos”, explica una anciana, setenta largos, tapado de piel, varias capas de pintura.
–¿Les sacan porque son ricos? ¡Si son ricos que lo disfruten! Las retenciones son inconstitucionales, tengo hijos abogados. Fernández dijo que no iban a lastimar a nadie y Gendarmería lastimó a un montón de gente, mujeres, chicos. ¡Son todos montoneros!
–¿Recuerda una represión semejante?
–Sí, cuando se fue De la Rúa.
–En 2001 hubo decenas de muertos.
–El problema es que acá se oculta todo, hijo –explica.
–¿Salió a la calle en 2001?
–No, mi marido no me dejaba. Pero ahora soy viuda –celebra.
Su compañera interviene. “Soy jubilada, fui empleada pública. Esta mujer odia al pueblo. Lo explicó el cura en lo de Grondona. ‘El Gobierno necesita una figura maternal’, dijo. ¿Vos sos periodista?” El cronista asiente. “¡Odia a los periodistas! Lo veo por la televisión, porque ni diarios leo –confiesa–. Menem robaba pero era vivo, compraba casas. Esta habla del marido... ¡Hace quince años están separados! Y tiene un montón de amantes. ¿Por qué creés que la hija no la quiere? Mirá la chilena. Le mataron al padre y fue al velorio de un general. ¿Sabías que a las viejas les dan una subvención?
–¿A las Madres de Plaza de Mayo?
–Sí, esas que tienen los hijos en Francia. Las tienen de idiotas útiles.


Por Diego Martínez, en Página/12 de hoy.

Los pobres y la clase media

"Mi propia madre, que en su juventud era empleada en un comercio, me contaba cómo la habían llevado 'por la fuerza', una vez, a la Plaza de Mayo, y cómo por ese atropello, que debe haber sido cierto, supongo, toda su vida odió al peronismo. Pero también pude observar, como hija de mi madre, que le repelían los cabezas, los negros, los pobres cuando se organizaban. El pobre suelto, el que tocaba a su puerta para pedirle pan, era bienvenido para que ella ejerciera sus actos caritativos. El pobre junto al pobre, buscando salir de su pobreza, organizado, era para ella un exceso insoportable"
Sandra Russo en la contratapa de Página/12 de ayer.

viernes, 6 de junio de 2008

Cursilerías cetáceas




Hace unos días le hice una entrevista al tipo que más sabe de ballenas. Se llama Roger Payne y, entre otras cosas, descubrió cómo identificarlas y su canto (sí, las ballenas cantan y se pueden escuchar a 20.000 km de distancia; escuchar el sonido que emiten es increíble, aunque es cierto que uno no puede sustraerse del capítulo de Los Simuladores, pero, bue, es impresionante escucharlas).
Lo que sigue a continuación es un recuadro que, finalmente, no salió por cuestión de espacio. Es medio cursi, pero a veces está bien serlo. Qué se yo.
Cuando el cronista de esta nota –que es una ciudad cercana a la casa de las ballenas– se puso a pensar en cómo iba a hacer la nota, se le vino a la cabeza su mejor recuerdo con nuestras amigas del mar. Y escribió esto: “Era invierno y con un amigo fuimos a pescar a una playa inhóspita, El Pedregal, cerca del Golfo Nuevo. Estabamos solos, el mar, las gaviotas, los guanacos y todo el desierto patagónico detrás de nuestras espaldas. Con la mirada podía divisarse el contorno del golfo y los escalones de la meseta. No había pique. De repente, hacia nuestra izquierda, vimos que el agua se agitaba un poco. Nos quedamos perplejos y expectantes. Sabíamos que era una de ellas. Y no venía sola, un ballenato la acompañaba. Avanzaron lentos, con esa parsimonia que las hace únicas. Pasaron al frente nuestro, a no más de 5 metros. Nosotros seguíamos impávidos y callados. Solo se oían las olas rompiendo en la costa y el suave movimiento de esas grandes bestias asomándose en el agua. La naturaleza nos apabulló, éramos intrusos y, al mismo tiempo, testigos privilegiados de un espectáculo que recién hoy, escribiendo esta nota, aprendo a valorar. En ese momento me sentí extraño y bien chiquito frente a tanta inmensidad. Hace bien sentirse así, porque uno aprende que somos nosotros, los humanos, quienes deben redimirse a la naturaleza, y no al revés. Y hace bien, porque nos ubica en el lugar exactamente contrario a esa omnipotencia que nos hace creer que el mundo está a nuestra merced”.

martes, 3 de junio de 2008

Un gato del barrio


En el medio de la manzana, entre los techos y terrazas de las casas. Ahí vive este hermoso ejemplar. Al lado su tacho con el morfi. Le da de comer una señora. No sé el nombre. ¿Tendrá?

domingo, 1 de junio de 2008

Made in China (II)


Unas de las cosas que pasaron mientras este blog estuvo stand by fue la triste partida de los –mis– chinos del mercado, donde día a día pasaba para aprovisionarme de mi sustento diario. Sí, mis queridos waikikis me dejaron para siempre. Y sin despedirse. Una tarde pasé a comprar galletitas para tomar mates y me encontré con la persiana baja y ruido del otro lado, ruido de obra. Descarté las vacaciones, pero pensé que estarían haciendo alguna reforma. Pasaron las semanas y, un día, de refilón, desde la otra esquina, ví luz y salí disparado al negocio. Pero para mi sorpresa me encontré con otra familia de chinos. Qué pasó. Adónde están. ¿Serán familiares de China? Nada de eso. Habían vendido. Y se fueron, sin despedirse. En los 5 años que compartimos jamás pude saber el nombre de él. Pero sí me había encariñado con Lili, que la había visto crecer en medio de las góndolas desde el 2003. A los días, los nuevos me contaron que sus antecesores se habían separaron, que él volvió a las tierras de Mao y ellas estaban en Canadá.

La nueva familia repite la historia. Son tres: él, ella y un bebé. Pero con ellos ya hablé más en unos meses que con los waikikis en 5 años. Tanto hablé que ya sé el nombre de los tres: él, Jo; ella, Ni; y el bebé, Alberto, un pequeño que nació hace 8 meses acá, y que según su padre es “bien argentino”.

lunes, 26 de mayo de 2008

Democracia tachera


Vuelvo a casa en un taxi pagado por la empresa donde trabajo. Vamos callados, él, el chofer, y yo, el pasajero. Igual, estoy decidido a hablar, a hacerle una pregunta. Más temprano, otro taxista, más joven, me dijo que por día un tachero hace unos 250 kilómetros de recorrido. Quiero chequear el dato. Pregunto y me confirma la cifra. La verdad es que no deja de sorprenderme ese número.
–¿Hace cuánto que es taxista?
–Tengo 57 y empecé a los 18, así que hacé la cuenta.
–¿Cuántos kilómetros habrá recorrido entonces, no?
–Y, hacé la cuenta –me repite con tono socarrón.
Así vamos, anécdota va, anécdota viene, todas de él, obvio (entre ellas me cuenta que un día llevó a De la Rúa cuando era presidente: “Yo no le quise cobrar, pero el me tiró 50 pesos en el asiento de adelante”), hasta que se me ocurre preguntarle qué fue lo que más cambio en las calles de Buenos Aires desde que él empezó hasta la actualidad. Mi prejuicio me adelanta posibles respuestas. La que se lleva todos los premios es el flamante, aunque ahora relegado por la inflación, tema de la inseguridad. Pero no. El tipo me sorprende, los taxistas siempre están un paso más adelante que todos nosotros, ignotos e ignorantes pasajeros.
–Mirá, lo que pudrió todo en este país fue la democracia. De ahí para adelante todo se pudrió… Antes se respetaba al taxista, ahora no se respeta a nadie, la democracia pudrió todo, pero todo, eh, todo.

(Desde este humilde espacio quiero hacerle llegar mi agradecimiento a este trabajador de los autos de alquiler por haberme dado la estocada justa y necesaria para retomar mis escritos en este blog. Cómo podía dejar de contar esto)

viernes, 23 de mayo de 2008

2º período


Pasaron 8 meses y dos días desde la última vez que posteé algo en este blog. Escribí sobre la primavera y, como una maldición, me marchité de ganas de seguir. Y eso que sucedieron cosas para dedicarle unas líneas, pero, bueno, me quedé ahí. No pude.
Supongo que algunas situaciones recuperaré. Aunque no estoy seguro de traerlas a este blog con la misma fidelidad auditiva y visual que en aquel momento.
¿Podré tener la constancia necesaria? ¿Dejaré de preguntarme a cada rato para qué mierda escribo esto? ¿Qué sentido tiene subir 10 líneas a un blog que no lee nadie, que a nadie le interesa? ¿Podré tener tiempo para escribir? ¿Podré escribir algo que valga la pena? ¿Podré encontrarle un sentido a todo esto? ¿A quién le importa lo que a mí me parece importante? ¿A quién lo conmueve –para bien o para mal– una frase escuchada al pasar en el subte mientras hago que leo un libro? ¿Es importante esa frase? ¿Para qué sirve reescribirla acá? ¿Para qué carajo sirve?
Tantas preguntas no dan ganas ni de empezar. Pero acá me ven...

*

Hay pocas que me convencen de este espacio personal propio mío exclusivo subjetivo. El nombre que le puse me gusta: fugaz mirada speed. Ojos veloces que miran para luego describir brevemente lo poco que pudieron ver. Y lo que digo para los ojos vale también para los oídos. Podría haber sido: fugaz escucha speed.

*

¿Se puede contar una ciudad?

viernes, 21 de septiembre de 2007

Primavera negra


I.
Llegó. Y con ella cientos, miles de pibitos y chicas y niñas y abuelas en los semáforos de la ciudad con cientos, miles de flores en busca de oficinistas que corren rumbo al trabajo, y que deberían agasajar a sus compañeritas o a su amante o a su mujer o a su jefa. Paran, compran, se van, sin mirar a quien les vende. Me detengo en uno. Moreno y Paseo Colón, un pibe de 10 años, morocho, cejas pronunciadas, dientes blancos, pobre. Él sabe que este día hay que vender flores para gente que pasa, rauda por su lado, y que no dejan de mirarlo como lo ven siempre: un cabecita que trabaja en la calle. Con la excepción de hoy, que trabaja para que el oficinista vaya con su primavera a cuesta y haga feliz a sus compañeritas o a su amante o a su mujer o a su jefa.

II.
Llego a mi oficina 15 minutos después de la hora indicada. No hay nadie. En cada uno de los escritorios hay una maceta con flores, envuelta en papel de regalo y un moño como corolario primaveral. La mía, por suerte, está casi marchitada. De hoy, no pasa.

III.
(…)
Un matadero en cada semáforo
y vacas flacas esperando luz verde
la calle se abotona hasta el cuello
para acunar mejor el cuchillo...
con la espalda contra la pared es más fácil tirar la piña
los asesinos nunca amagan
no doy un peso por esta calma...no doy un peso
Primavera negra.
Los caballeros de la quema (1991)

domingo, 16 de septiembre de 2007

El loco de mi barrio

No sé su nombre. Me encantaría saberlo. Aunque pensándolo bien, alguna vez se me presentó, al doblar una esquina. “Soy tal, comandante en jefe de los servicios de inteligencia rusa”. Lamento no recordar su nombre. Pero sí recuerdo el de su perra. Gilda. A la madre le encantaba la cantante bailantera y de allí la gracia de esa blanca perrita raza calle que lo sigue a todos lados. Hace poco vi la situación más conmovedora que no veía desde hacía tiempo: la perra en el balcón de la casa llorando desconsolada y con la mirada en busca de la otra esquina de la cuadra donde estaba su progenitor.
El loco de mi barrio siempre está. Es omnipresente, como dios. Cada vez que uno decide salir a la calle no hay modo de no cruzarlo. Es alto, flaco, pecho encorvado, pelo canoso, bigotes. Va y viene, las veredas son su gloria. Conversa con cuanto vecino se le tope en el camino. Y lo he visto, perseguir a alguien para decirle vaya a saber qué cosa.
Vive solo, en una casa que queda justo en una esquina. Una ubicación muy privilegiada por cierto, y tentadora para esas inmobiliarias que no paran de sembrar dúplex, edificios, PH modernos. Miles de veces me imagine la noticia del tipo muerto. Obvio: la mafia de la construcción inmobiliaria. Y me río imaginando un testamento donde el loco le deja todo a su perra. Pero Gilda no duraría demasiado sin él, moriría de tristeza al poco tiempo.
Esa vez que me lo crucé me mostró cómo hace sentar a Gilda ante la orden sit, me confesó que es espía, que las mesas de votación se pueden averiguar en la comisaría, me habló de Malvinas, creo que me dijo que estuvo allí, en medio de la guerra.
Lo cruzo todos los días, pero hace tiempo que no hablo con él. La próxima vez le preguntaré el nombre.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Llanto

Un pibe de 6, 7 años llora desconsolado en la puerta del subte. Pide por su padre. Una mujer se acerca y le pregunta dónde está, si él sabe dónde encontrarlo. “Está en Federico Lacroze”, dice puchereando las palabras. El niño se tranquiliza y, al rato, ya está camino al próximo vagón, con un manojo de estampitas en su mano.
Un hombre dice: “Habría que colgarlos a todos en Plaza de Mayo”. “¿A quiénes?”, pregunta la mujer que ayudó al pequeño. “A los padres, a quién va a ser”. “Lo que habría que tener es un poco más de compasión”, concluye ella.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Vuelo diurno


Llegar en avión a Buenos Aires de día implica perderse ese mar de luces que iluminan el suelo de la noche. Y no puedo dejar de acordarme de un libro no tan conocido de Saint Exupéry, Vuelo nocturno.
Llegar en avión a Buenos Aires de día también supone ver muchas manchitas rectangulares azules en el suelo. Y se ve eso después que el comandante anuncia el descenso, de norte a sur, el norte está estampado de manchitas azules rectangulares. Y eso no es todo: si uno presta atención se encuentra con figuras en el terreno, al mejor estilo de esos mensajes que los extraterrestres dejan en los sembrados yanquis.
Buenos Aires de arriba no duele, pero –a veces– sí.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Mercedes


Recital de Mercedes Sosa en el Gran Rex. Canta un tema de Teresa Parodi, “La canción es urgente”. Al finalizar la canción, una mujer grita: "¡Aguante la memoria!", al mejor estilo de un "viva Pappo".
La voz de América escucha y responde:
–¡Nooo!, yo tengo que leer la letra, sino no puedo. Mi memoria ya no funciona como hace unos años. Antes de los recitales me hago imprimir todas, todas las letras.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Manu


I.
Uno –muchacho de clase media bien, con laburo, estudios universitarios, acceso a Internet (banda ancha, obvio), cable, diarios (de jueves a domingo, y los domingos dos: Clarín y Página/12), unas bibliotecas con centenares de libros, unos estantes con cientos de CDs, algunas visitas al cine y mucho cine en casa– da por sentado cosas. Como que el agua moja, o que el sol calienta, o que el fuego quema, o que Emanuel “Manu” Ginóbili es Emanuel “Manu” Ginóbili, ese tipo absolutamente reconocido por casi cualquier persona del mundo occidental, y mucho más si es argentino.

II.
Hoy me encontré esperando el ascensor en mi lugar de trabajo junto a una chica encargada de la limpieza del edificio. Limpiolux rezaba su uniforme blanco con tiras azules y verdes. Ella tendría unos 30 años, pero aparentaba más. (Los pobres y los que luchan siempre aparentan más). De pronto, en medio de la rutina que implica esperar al ascensor, vemos emerger desde las escaleras de la cochera a un hombre altísimo perseguido por una rubia. Era él. Flaco, enorme, con barba de tres días y de muy buen humor.
–¿Vamos en ascensor? –preguntó.
–No, mejor vayamos en escalera, es en el primero –le respondieron.
Con mi compañera de pasillo entramos al habitáculo. Algo había que decir. No se podía ser indiferente ante ese momento. Entonces, rompí el hielo:
–Casi viajamos en ascensor con Manu.
–¿Con quién?
–Con Manu Ginóbili, el jugador de básquet…
–Ah…
–¿Lo conoces? Era ese tipo alto, ¿lo viste?
–Sí.
–Juega en Estados Unidos –informo y me siento un idiota –. Y tiene mucha guita –sigo informando para sentirme más ridículo.
La mujer me mira. Su rostro morocho demuestra culpa por la falta de complicidad.
–¿Lo conoces? –insisto.
–No –me contesta tímidamente.
–Ah –atino a esbozar mientras me pregunto por qué carajo esa mujer tenía que conocer a Manu Ginóbili.